EL BOLETO QUE CAMBIÓ MI VIDA

 
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Mi vida en Tecate, Baja California transcurría con mis tres hijos, un esposo de fines de semana y trabajos exitosos. Mi esposo y yo estábamos enfocados en crecer económicamente como familia a costa de todo, es por eso que yo trabajaba como contadora y él tenía un empleo en California por lo cual sólo lo veíamos cada dos o tres semanas durante el fin de semana. Un día a José le anuncian que debe ir a trabajar a El Paso, esto representaba un mejor trabajo y un mayor ingreso para nuestra familia así que cuando me contó, ambos aceptamos pues la distancia y la ausencia ya eran habituales en nuestras vidas. ¿Qué tanto eran algunas millas más? Éramos un matrimonio exitoso laboralmente, nuestros hijos crecían felices, tenían lo mejor y eso era lo que importaba.

Transcurrieron tres años en los que cada vez había más cosas que se interponían entre nosotros y era complicada nuestra relación cuando nos veíamos. La comunicación el amor y el respeto existía cada vez menos entre nosotros y la relación estaba desgastada. Ya no podíamos pasar juntos más días de los acordados, me desesperaba que estuviera más días en casa de los que se suponía que estaría y era fácil notar que el tampoco estaba cómodo y que le costaba encajar e interactuar con nuestros hijos. Yo pasaba mayor tiempo con los niños y no sólo era su mamá sino que me convertí en papá también por lo tanto aunque José estuviera en casa, los niños se dirigían conmigo únicamente pues representaba más autoridad y confianza. Ellos no tenían idea de lo que pasaba, ante sus ojos éramos una familia feliz, jamás peleamos, aparentábamos que nos amábamos y que éramos los mejores padres.

!Por supuesto que yo no quería!

Cuando él nota lo que está sucediendo, consecuencia de las vidas separadas que llevábamos, me pide lo que nunca imaginé… dejar todo en Tecate e irnos a vivir a El Paso juntos como familia. !Por supuesto que yo no quería! No estaba convencida de dejar mi vida y el trabajo en el que me iba tan bien por ir a un lugar que no me gustaba, donde no iba a tener un trabajo ni hablar el mismo idioma. Me pidió que lucháramos por nuestro matrimonio que se derrumbaba y recuperáramos el respeto y la confianza que habíamos perdido con las cientos de formas en las que nos habíamos ofendido. En mi interior sabía que tenía razón, que el divorcio estaba cerca así que aún sin estar totalmente convencida, acepté y nuestros hijos estaban felices de poder estar con su papá toda la semana.

Al llegar a El Paso, todo fue complicándose. Lejos de ver que era una solución, sólo veía más y más problemas. Teníamos muchos roces y discusiones aunque nunca frente a nuestros hijos. Fuera de casa, nos quitábamos las máscaras. ‘Ir a la tienda’ era lo que hacíamos para poder salir a pelear y arreglar nuestros asuntos. Yo ya no podía más, llegué al punto en el que le dije a José que me iba a regresar a Tecate y que era su turno de ser papá y mamá así como yo lo había sido por muchos años, solamente iba a acomodar a los niños en la escuela y a dejarlos lo mejor instalados posible y después me regresaría. Jamás pensé que su respuesta sería -“Si eso es lo que realmente quieres, está bien pero mientras estés aquí, te invito a que vayamos juntos a la iglesia”. Él ya asistía a Vino Nuevo aún antes de que llegáramos nosotros y aunque me dijo que la iglesia era el mejor lugar para encontrar ayuda y darnos la oportunidad de seguir juntos y luchar por nosotros, acepté simplemente para ver a mis hijos felices y seguir con la doble vida que habíamos construido.

Cada domingo yo ponía mil excusas, –“Está muy lejos”, no conozco a nadie…” entre otra serie de pretextos que daba para no ir y no me daba cuenta que yo era la que ponía todas las trabas para que nuestro matrimonio se arreglara. Un día anuncian que abrirían un campus cerca, así que ese ya no era el problema pero me daba pena ir a la iglesia pues mi orgullo, resentimiento y culpa de muchas cosas que habían sucedido me impedían sentirme bien ahí. Cuando llegamos al nuevo lugar en el oeste de la ciudad, entramos de la mano como si todo estuviera bien, nos sentamos en unas mesas y el me preguntó algo y recuerdo haberle contestado muy groseramente pero se contuvo y no me dijo nada porque estábamos en la iglesia así que se levantó y se fue con nuestros hijos a conocer las instalaciones mientras el servicio empezaba y yo me quedé sola en la mesa pensando que estaba haciendo en ese lugar.

De pronto se acerca una mujer y se sienta conmigo, empieza a hablarme y a saludarme muy amablemente. Sin saberlo estaba por impactar mi vida, –“¡Hola! nunca te había visto, ¡qué bueno que estás aquí!”, me dijo. A mí no me interesaba tener amistad con nadie, lo único que pensaba era que quería regresarme con mi familia y tener la vida de antes en la que yo era exitosa así que en un tono muy grosero y cortante le dije –“Ah, hola”. Esperaba que mi respuesta la ahuyentara y me dejara en paz pero para mi sorpresa ella no se mueve y permanece sentada con la misma sonrisa y amabilidad con la que llegó, -“¿Porqué no se va? ¿Qué no se nota que quiero estar sola?”, pensaba. Continúo insistiendo y haciéndome una serie de preguntas para conocerme a las que yo respondía de mala gana así que supo que era mi primera vez, de pronto me hace una invitación –“Pronto tendremos De Mujer A Mujer, un congreso de mujeres, ¡ten un boleto, después me lo pagas!”. Por supuesto que le dije que no, que no podía ir y que no quería ir. Ella seguía tan insistente y tan amable y a mi me parecía tan molesta y latosa. Me aseguraba que me iba a ayudar mucho, que iba a poder conocer a más personas y que fuera cual fuera mi situación me iba sentir mejor. Volví a decirle que no, que no tenía dinero para pagarle, ella estiró la mano y me dijo –“¡Ten el boleto, yo pago! tienes que venir, te va a ayudar mucho”. Enseguida, mi esposo y mis hijos se acercaron a la mesa y entramos al servicio, mientras estábamos ahí yo pensaba en que cuando fuera el congreso yo ya iba a estar en Tecate así que no tenía ningún sentido que me lo hubiera dado.

Pasaron los días y la fecha del congreso se acercó, José estaba muy feliz de que yo tuviera ese boleto así que después de mucho pensar le dije que asistiría pero que después de eso me regresaba y el me dijo que estaba bien, que respetaba mi decisión. Llegué a la iglesia sola y al entrar, ahí estaba ella, la mujer molesta que me dio el boleto me recibió con la misma sonrisa que cuando la conocí y me saludó y me presentó a otras mujeres. Entré al auditorio y me senté sola, desde la primera predicación todo se puso oscuro, como si no hubiera nadie más que yo y todo fuera dirigido sólo a mí. Mientras escuchaba podía notar que todo lo que decían era justo lo que me pasaba a mí y pensaba –“¿cómo saben? ¿quién les dijo?” pero al mismo tiempo intentaba distraerme con otras cosas pensando que eso no era para mí y así no quebrantarme con lo que estaban diciendo. Dios seguía incomodándome y hablándome en cada predicación y el receso llegó y durante ese tiempo iba a haber spa, manicure y peinados para nosotras. Yo salí al lobby y me quedé observando a mi al rededor y sentí como Dios me habló y me dijo –“Éste es tú lugar, Yo te traje con un propósito a ésta ciudad y aquí te vas a quedar”. Tomé mi teléfono y algo me decía que debía llamarle a mi esposo y aunque estuve unos minutos decidiendo si le hablaba o no y luchando con mi orgullo, lo hice. Le llamé y entre lágrimas de gozo porque había dejado a Dios tomar el control de mi vida le dije que lo quería mucho, que me iba a quedar y que quería que lucháramos juntos por nuestro matrimonio. El me respondió que Dios era fiel y que era lo que él había estado orando.

No puedo explicar lo que estábamos sintiendo y lo que sucedía en ese momento pero sé que era el Espíritu Santo rompiendo las barreras que se habían interpuesto entre nosotros

Cuando llegué a casa, José me estaba esperando y sin poder hablar lo único que hicimos fue abrazarnos. No puedo explicar lo que estábamos sintiendo y lo que sucedía en ese momento pero sé que era el Espíritu Santo rompiendo las barreras que se habían interpuesto entre nosotros. Yo no podía dejar de llorar. El me dijo que había estado orando por éste momento, que me amaba y le dije que yo a él, palabras que se habían vuelto para mí tan difíciles de pronunciar. Durante todo esa escena, uno de mis hijos nos observaba, ellos nunca supieron lo que pasaba entre nosotros ni que sus papás estuvieron al borde del divorcio.

Ahora somos un matrimonio fuerte y firme, que luchamos juntos y aunque tenemos diferencias, podemos hablar y arreglarlas sin ofendernos y sabemos que aún en medio de eso, Dios está ahí y Él toma control de nuestras vidas. No tenía idea de que una mujer extraña y un congreso de mujeres iban a ser el camino que Dios iba a usar para transformar mi vida y a mi familia. Ya tengo 5 años no sólo asistiendo, sino que tengo el privilegio de servir junto a otras mujeres valientes que me retan y caminan con Dios y cada vez que voy Dios me habla y me muestra cosas diferentes. Sé que no soy una mujer perfecta, cometo errores y tengo luchas pero Dios sigue mostrándome Su amor y Su fidelidad y en cada paso sé que Él está conmigo y me mantengo confiando en Sus promesas y viendo como Él las cumple pues ahora mi familia completa sirve al Señor y sé que sólo Él tiene lo mejor para mí.