Un Nuevo Inicio

 
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Machismo, celos, peleas, falta de respeto, inestabilidad, desorden financiero y familiar, egoísmo y tristeza, son las palabras que mejor describieron mi matrimonio durante cuatro años aunque yo decía ‘conocer a Dios’. No había día en el que mi esposa Karen y yo no discutiéramos y claro yo pensaba siempre tener la razón, no ayudaba en los quehaceres de la casa pues pensaba que eso no era de hombres, no cuidaba a mis hijos, ni escuchaba a mi esposa, creía que trabajar era lo único que yo tenía que hacer y por lo tanto, todo lo demás le correspondía a mi esposa.


No me gustaba que se arreglara ni que saludara a nadie, tenía que realizar limpieza excesiva en la casa además de todos los quehaceres y no me importaba que estuviera embarazada, incluso le ponía horarios de llegada y si no cumplía le cerraba la puerta de la casa y tenía que entrar por la ventana con todo y mis hijos. No me daba cuenta de cuanto lastimaba a mi esposa, aún lo recuerdo y no es algo de lo que esté orgulloso. Como era de esperarse, Karen se fue cansando de la situación. Decidió dejar de dormir en nuestra cama, tomó sus cosas y se fue a dormir a la habitación de mis hijos, no quería verme más, no quería tenerme cerca ni estar conmigo y el tiempo en el que nos veíamos en la casa eran constantes peleas y la situación iba empeorando. Ella incluso obtuvo un trabajo para ayudarme a sostener a nuestra familia pero yo no veía todo lo que mi esposa hacía, no la valoraba ni le daba el lugar que le correspondía. Así transcurrieron ocho meses en los que nuestro matrimonio se derrumbaba, nuestra familia y nuestras finanzas también.


Inesperadamente un día Karen se acercó a mí, sin darme explicaciones (aunque eran demasiado obvias pero no para mí en ese momento) se quitó el anillo y me pidió el divorcio, pienso en como debió sentirse para llegar a ese punto. Triste, deprimida, decepcionada, agobiada y desesperada debe ser poco. Esa tarde mi suegra y mi mamá llegaron a la casa pues ella les había contado lo que estaba por suceder y me dijeron que ya no quería estar conmigo y que pronto se iría junto con mis hijos a vivir a la casa de su mamá. Por primera vez me di cuenta de todo, abrí los ojos a la realidad y supe que estaba a punto de perder a mi familia. Recuerdo que salí de la casa, me fui a un parque y empecé a orar y clamar a Dios –‘‘¡Ayúdame Señor! ¡Regrésame a mi familia, ya no los voy a ver! ¡No quiero perderlos!’’. Jamás imagine que una noche después Karen regresaría a dormir a nuestra cama, ella no supo lo que yo le había pedido a Dios pero para mí eso fue totalmente una respuesta a mi oración, fue una señal de parte de Dios.


Desde ese momento decidí hacer todo lo que pudiera para tener a mi familia de vuelta. Hablé con Karen y le dije que empezaría a ir a un discipulado de hombres. Poco a poco Dios fue quebrantando mi corazón e inició un proceso muy difícil para mí en el que Él trató conmigo en diferentes áreas de mi vida. Ahí me enseñaron que como esposo no sólo debía dar el 50% sino dar el 100% ¡darlo todo!, así que empecé a ayudar a Karen con cosas de la casa y de nuestros hijos que antes no hacía además era un grupo que me confrontaba y me hacía ver en que estaba mal pero también me levantaba. Aunque había decidido cambiar y luchar por mi matrimonio, las cosas no estaban siendo fáciles. Las peleas con Karen continuaban, ella no me correspondía a nada de lo que yo estaba haciendo y estaba desesperado así que le llamé a Memo, quien me discipulaba, para contarle y me sorprendí del interés que mostraron por atendernos pues él y su esposa nos visitarían en mi casa por la noche. Durante la cena al contarles toda nuestra situación, nos hicieron una pregunta que nos confrontó a Karen y a mí -‘Cómo es que su matrimonio ha durado así?’ ahi fue donde comprendimos que había sido la misericordia de Dios con nosotros, que era Él quien había estado ahí guardándonos y cuidándonos a pesar de no tener una relación cercana con Él pero Él si tenía un propósito para nosotros. Esa noche mi esposa y yo a solas con Dios decidimos hacer un nuevo pacto, fue una noche tan especial en la que rompimos con cosas de nuestro pasado, pusimos a Dios como cabeza de nuestro matrimonio y nos entregamos los anillos el uno al otro. Claro que los problemas no terminaron pero ahora teníamos a Dios con nosotros.


Un día la familia Flores, Miguel e Isabel, nos propusieron ser anfitriones de un grupo en casa que estaba a un mes de iniciar, yo de inmediato acepté pues quería hacer todo para recuperar el corazón de mi esposa y tener mi matrimonio y familia en orden y aunque ella no estaba muy segura aceptó pero dijo que no estaría presente, que podía dejarles la llave para que tuvieran el grupo pero que ella tenía que trabajar aunque en realidad eso sonaba más aun pretexto para no estar. Sin embargo, Isabel le explicó que sería de más bendición si ella estaba pero Karen no estaba totalmente convencida. Faltaba una semana para que el grupo empezara, yo ya no quería que Karen trabajara así que hablé con ella y le dije que estaba dispuesto a darles a ella y a mis hijos lo que necesitaran y aceptó, renunció. De pronto, obtengo un mejor trabajo y nuestra situación económica empezó a mejorar, nuevamente sabía que había sido la mano de Dios en esto. Karen y yo empezamos a pasar más tiempo juntos, más tiempo en familia, íbamos a discipulados juntos, teníamos el grupo en casa y Dios continuaba tratando con nuestros corazones. Mi esposa me contó tiempo después que empezó a hacer todas las cosas como si fueran para Dios, a lavar, a cocinar, a limpiar… y yo hacía todo por tener en orden y conforme a la voluntad de Dios a mi familia y así sin darnos cuenta la paz de Dios inundaba nuestro hogar y estábamos tomados de Su mano en cada situación. Ahora pasamos tiempo en familia, cuando tenemos discusiones podemos llegar a un acuerdo tranquilamente, vamos a viajes misioneros, leemos la Biblia juntos, oramos juntos, ayudo en todo lo que puedo a mi esposa en la casa y con mis hijos pero sobretodo, entendimos que el divorcio no es una opción. Sé que Dios está en medio de nosotros y sé que me ha puesto como cabeza de mi hogar.


Al principio sólo éramos los anfitriones, ahora por la gracia y misericordia de Dios tenemos el privilegio de dirigir el grupo y estamos firmemente convencidos de que debemos mostrarle a Jesús a cada matrimonio y a cada familia que atraviesa las mismas situaciones que nosotros, además Dios nos ha mostrado que nuestra casa y nuestra familia deben servirle a Él.